
Por: PASTOR ELÍAS MURILLO MARTÍNEZ
La Iglesia Católica ha sido históricamente una de las instituciones más importantes para los colombianos. Por eso, el nombramiento del primer Obispo afrocolombiano es una ocasión para reflexionar sobre la relación entre la Iglesia y los pueblos afrodescendientes en el país.
Un nombramiento trascendental
El nombramiento del primer Obispo afrocolombiano, Monseñor Wiston Mosquera Moreno, en la Diócesis de Quibdó, Chocó, constituye un hecho de especial importancia en el camino hacia el reconocimiento de los afrodescendientes en diversos ámbitos de la sociedad. Además, es una ocasión propicia para analizar el rol de la Iglesia Católica–una institución que alberga a más de mil millones de fieles en el mundo—en diversos temas de la Agenda de los Afrodescendientes, en particular, en el combate al racismo y la exclusión de estos pueblos.
Sin duda, este hecho de señalada importancia para los católicos coincide con una suerte de primavera que vive el mundo afrodescendiente en el país, que se evidencia con la elección de la lideresa Francia Márquez en la vicepresidencia de la República y la amplia e inédita representación que el presidente Gustavo Petro le ha otorgado a dicha colectividad, que, huelga señalar, entraña una responsabilidad histórica.
Monseñor Wiston, de excelentes calidades humanas, es oriundo de Andagoya, Chocó. Por lo tanto, no es ajeno a la realidad social de su departamento y del Pacífico. Por otra parte, viene de ser Vicario General de la Arquidiócesis de Cali, la segunda ciudad, después de Salvador de Bahía, con mayor población afrodescendiente en América Latina. En gran medida, esta población es procedente del Pacífico colombiano.
Sus orígenes se remontan a la Calle de la Virgen, en Andagoya, donde todos los días, entrada la noche, los niños vecinos sentados alrededor de su abuela Floriana, una mujer sabia, invidente y de piel blanca, escuchaban los cuentos y sus leyendas de Anansi, tío tigre, tío conejo y otros personajes de la cultura popular que hacen parte de la literatura oral de los afrodescendientes y que hunde sus raíces en el Continente Africano. Una semblanza del Obispo Wiston, hecha por Monseñor Mario de Jesús Álvarez Gómez, Obispo de Istmina -Tadó, no deja dudas de sus calidades humanas y compromiso social, basados en el espíritu y empeño comunitario, la cercanía a los movimientos parroquiales, el compartir gozoso con sus compañeros y los gestos de profunda humanidad.
Monseñor Wiston ha sido recibido con gran fervor en el Chocó y con gran esperanza, en Quibdó, una ciudad que como muchas otras del departamento sufre los impactos desproporcionados de las diversas formas de violencia, asociadas a los rezagos del conflicto armado, el narcotráfico, la extracción ilícita de los recursos naturales y acusa el desempleo más alto entre las capitales, a nivel nacional. Tan solo en lo corrido del presente año, alrededor de 110 jóvenes han sido asesinados en Quibdó.
La iglesia católica en el Pacífico colombiano
En las últimas décadas, la Iglesia Católica ha sido un actor clave en la búsqueda de salidas negociadas al conflicto armado en el Chocó y en todo el Pacífico, de allí que la llegada del primer Obispo negro a Quibdó sea un motivo adicional de esperanza.
En el contexto del conflicto armado, no fue un hecho casual que la masacre de Bojayá, el 2 de mayo de 2002, en Bellavista, Chocó, ocasionada por el lanzamiento de una pipeta de gas por parte de guerrilleros de las FARC, en medio de cruentos enfrentamientos con grupos paramilitares y que dejó como saldo alrededor de 100 personas muertas, en su mayoría mujeres y niños, haya ocurrido en la iglesia donde se habían refugiado, confiados de que allí podían salvaguardar sus vidas.
Por otra parte, esta ocasión también es propicia para explorar el rol de la iglesia católica en el déficit de ciudadanía que acusan los afrodescendientes en la región del Pacífico colombiano y abordar la vigencia de las consecuencias del colonialismo, la trata trasatlántica y la esclavización. En momentos en que las demandas de reparación espiritual, moral y material, por tales hechos, incluidos los pedidos de disculpas públicas, han irrumpido en la agenda global, como quedó sentado en las deliberaciones presidenciales en el comienzo del actual período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.
Monseñor Wiston se suma a un grupo de Obispos que, de tiempo atrás, han mantenido un probado compromiso con las causas sociales de los afrodescendientes, en especial en el Pacífico y que tiene como principal referente a Monseñor Gerardo Valencia Cano, presbítero de Buenaventura, quien falleció en un accidente aéreo en 1972. Valencia Cano era un caracterizado referente de la teología de la liberación, que alentaba a la acción colectiva de los habitantes del Pacifico. Solía afirmar que “los pueblos indígenas y los afrodescendientes tienen la llave de la liberación: la han tomado de su casto contacto con la naturaleza”. Ante la lentitud de los cambios, afirmaba que “el pueblo chocoano es como un hijo que no quiere nacer porque teme matar a su propia madre”.
Desde mediados de la década del ochenta, la Iglesia Católica comenzó a implicarse en la defensa de la territorialidad y los recursos naturales, en favor de los pueblos negros del Pacífico. Alentaron la creación de organizaciones de base como la emblemática Asociación Campesina del Rio Atrato, ACIA y de ACADESAN en el Río San Juan, pioneras de la titulación colectiva de cerca de 6 millones de hectáreas de tierra en favor de los afrodescendientes.

La ambivalencia del catolicismo
En contraste con esa corriente social arriba esbozada, en el pasado remoto y también reciente, el rol de la Iglesia Católica ha estado rodeado de sombras. Primero, como soporte filosófico y moral para justificar la trata trasatlántica y la esclavización, argumentando que los “negros” no tenían alma y por ello se justificaba que fueran sometidos a dicho trato tan abominable. Incluso, algunas órdenes religiosas como los Jesuitas tuvieron personas esclavizadas.
Más recientemente, la Iglesia Católica jugó un rol en la educación en las denominadas tierras de misiones, que les fueron adjudicadas por el Estado colombiano y que se profundizó mediante la figura del Concordato, un tratado mediante el cual se formalizó la preeminencia de la Iglesia Católica en Colombia, que incluyó la Educación Misional Contratada, extendida en alrededor de 19 Departamentos del país y que, en opinión de Juan de Dios Mosquera y muchos otros sociólogos e historiadores, es una de las causas del atraso de la región del Pacífico y de otras zonas de Colombia.
En efecto, algunos clérigos como Monseñor Gustavo Posada Peláez, Obispo de Istmina y Tadó (1953-1993), incluso habrían llegado a amasar grandes fortunas a costa de las comunidades afrodescendientes. Posada Peláez construyó su vivienda en el lugar más elevado de Istmina. Ante sus visitantes solía jactarse afirmando que hasta donde le diera la vista todo ese territorio le pertenecía.
Hacia una encíclica papal que reconozca el rol de la iglesia católica en la trata trasatlántica y la esclavización
El nombramiento del primer Obispo negro en Colombia quizá haga parte del espíritu de apertura y de enmienda que ha marcado el pontificado de Francisco. Con respecto a los afrodescendientes, cabe destacar la manifestación unilateral de Monseñor Tomasino, Embajador del Estado de la Santa Sede ante la Organización de las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales, en Ginebra, Suiza, en el sentido de adoptar una Encíclica Papal.
Esta manifestación fue hecha en 2016, con ocasión del examen de sus informes periódicos 16º a 23º ante el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, que, en sus Observaciones finales, la recogió en los siguientes términos:
“Decenio Internacional para los Afrodescendientes
- El Comité acoge con satisfacción la voluntad expresada por la delegación de la Santa Sede de publicar una encíclica o formular otro tipo de declaración pública adecuada en que se aborde la importancia de combatir la discriminación racial de que son víctimas los afrodescendientes, lo que, en opinión del Comité, puede contribuir de forma importante a proporcionar reparación moral por la participación de la Iglesia Católica en el tráfico transatlántico de esclavos y en las despiadadas políticas del colonialismo en África. El Comité alienta al Estado parte a que celebre un diálogo de alto nivel, con representantes de los afrodescendientes, sobre el papel de la Iglesia Católica en el tráfico transatlántico de esclavos y sus consecuencias. A este respecto, el Comité alienta a la Santa Sede a que tenga en cuenta el Decenio Internacional para los Afrodescendientes (2015 2024), proclamado por la Asamblea General en su resolución 68/237, así como la resolución 69/16 de la Asamblea, sobre el programa de actividades de dicho Decenio, y la recomendación general núm. 34 (2011) del Comité, sobre la discriminación racial contra afrodescendientes.”
Recientemente, ha trascendido que la Santa Sede ha activado el proceso con miras a la adopción de la citada Encíclica. A la luz de lo establecido en la recomendación del CERD, se esperaría que el documento aborde:
- La situación actual de los africanos y afrodescendientes a nivel global y que dé cuenta del racismo y la discriminación racial estructural que les afecta
- El pedido de perdón de la Iglesia por su participación en la trata y la esclavización, que se expresan en las consecuencias arriba planteadas. Tales disculpas deben estar revestidas de todas las solemnidades establecidas por la doctrina y la jurisprudencia internacionales.
- Las decisiones, implicaciones y exhortaciones de/para la iglesia como institución y las sociedades en general, entre otras cuestiones.
La Iglesia debe celebrar un diálogo de alto nivel con representantes de los afrodescendientes sobre el papel de la Iglesia Católica en el tráfico transatlántico de esclavos y sus consecuencias. Los procesos o espacios que se propicien en tal sentido serían la base para la retroalimentación de la Encíclica. El Foro Permanente sobre los Afrodescendientes de las Naciones Unidas constituye un escenario propicio para activar dicho diálogo.
Es menester que la Iglesia Católica profundice su mirada terrenal y su accionar con respecto a los afrodescendientes. Los nombramientos de Monseñor Wiston Mosquera, primer Obispo afrodescendiente en Colombia y de Monseñor Francisco Javier Múnera Correa, arzobispo de Cartagena, nuevo presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, con el concurso de la Pastoral Afroamericana, que incluye el liderazgo de clérigos como Venancio Mwangi, Sterling Londoño, Emigdio Cuesta, Napoleón García y muchos otros, son clave para contribuir a esos objetivos.





